RETIRO DE AFGANISTÁN, YA - Roberto Fontanarrosa
RETIRO DE AFGANISTÁN, YA
Roberto Fontanarrosa
"Siempre
alguien lo escucha". Eso le dijo el astrólogo Alfredo Alegre a Ezequiel
Morabito, poco antes de que este concurriera al programa Consultando con la
almohada, de FM El Altillo, la noche del 23 de noviembre de 2001. Alegre
practicaba la predicción astrológica y difundía sus logros a través de un breve
micro de la misma FM, pero a las cinco de la mañana, cuando terminaba
Consultando con la almohada, y antes del comienzo de La linterna, el programa
creado por Félix Reynoso.
Por su
parte, Ezequiel Morabito, ocasional oyente, había sido favorecido por un
inesperado golpe de la fortuna: se había ganado dos entradas, que FM El Altillo
regalaba a las ocho personas que llegaran primero al auditorio, para asistir a
la première de la película francesa La baranda, con Philippe Rhallys y Michèle
Petit.
-Yo no
creo que nadie escuche radio a esta hora -comentó Morabito, por decir algo, mientras
esperaba su turno para retirar el premio.
-No se
crea -le dijo entonces el astrólogo Alegre, sentado casualmente en una silla
cerca de él, y ordenando los papeles de su micro-. Siempre va a encontrar,
mañana o pasado, a alguien que lo escuchó, usted va a ver, y que le comentará
el programa.
-¿A
esta hora? -desconfió Morabito. Eran las cuatro de la mañana.
-A
cualquier hora. No olvide que hay camioneros, taxistas. A mí me llaman mucho
los taxistas. Yo les informo a qué calles está favoreciendo Júpiter, por
ejemplo, para que ellos consigan clientes. Y no se olvide de los serenos y de
los que tienen insomnio.
-Mi
caso -dijo Morabito.
-Entonces
usted escucha este programa.... -Alegre señaló vagamente la luz roja que
indicaba que Consultando con la almohada estaba en el aire- y sabrá cuánta
gente llama por teléfono.
Morabito asintió con la cabeza, distraído, muy lejos de imaginar lo acertado
que había estado Alegre con su comentario acerca de que siempre habría alguien
escuchando. Meditaba qué hacer con la otra entrada. Hacía tres meses que había
roto con Marisa, tras cuatro días de tibia relación y repasaba ahora la lista
de sus pocos amigos pensando a quién de ellos podría invitar al cine. No sabía
aún que su intervención radiofónica desataría la historia que estamos a punto
de relatar.
Tampoco
había imaginado Morabito, mientras se sentaba procurando no hacer ruido al
correr la silla frente al otro micrófono, que Abel Moyano, el conductor del
programa, le brindaría tanto tiempo para el diálogo. Solo cuando Moyano le
preguntó si le gustaba el cine francés, si solía comer mucho de noche, si
sentía alguna atracción por el ajedrez y cuáles eran sus otras aficiones,
Morabito cayó en la cuenta de que él nunca había escuchado el programa desde su
comienzo ni lo había soportado hasta el final. Por lo tanto ignoraba que duraba
cuatro horas y, en consecuencia, no podría ser llenado solo con consultas
sentimentales.
-También
encabezo el MBT, Movimiento Barrial Trotskysta "Santiago Pérez" -
agregó Morabito decidido, como descubriendo, por fin, lo que era tener delante
de él un medio de comunicación a través del cual difundir sus ideas.
-Qué
interesante -lo miró fijo Abel Moyano-. ¿Y en homenaje a quién le han puesto
"Santiago Pérez"?
-Es el
nombre de la persona que, con enorme generosidad, nos alquila el garaje donde
realiza sus actos nuestro movimiento -respondió Morabito, sintiéndose un poco
tonto-. Pero nos lo alquiló con la condición de que la agrupación llevara su
nombre, algo que nosotros aceptamos porque no son muchos los ciudadanos que se
atreven a comprometerse con nuestra lucha.
-Muy
bien, muy bien, excelente, hay que destacar esos gestos -dijo Moyano, tocándose
repetidas veces los auriculares e intercambiando gestos con el operador que
dormitaba tras el vidrio, en una mínima sala de controles-. Lo felicitamos,
amigo Morabito, y ahora vamos a otro disquito y después la respuesta a esa
consulta que nos quedó pendiente...
Morabito
se puso de pie, enredándose un poco con los cables.
-Su
saludo -lo invitó sin embargo Moyano, cuando ya crecía la cortina musical- y su
mensaje a la audiencia, si es que desea agregar algo...
Morabito
frunció el ceño, se agachó tomando la base metálica del micrófono.
-Solo
deseo agregar -dijo, decidido- que el Movimiento Barrial Trotskysta
"Santiago Pérez" exige el total retiro de las tropas norteamericanas
del territorio de Afganistán. Inmediatamente. Pero no mañana o pasado o la
semana que viene... -pegó con la punta de su rígido dedo índice sobre la mesa,
repetidas veces-... ¡sino ya, ya, ahora mismo!
-Gracias,
mi amigo -Moyano viró con su silla giratoria hasta golpearse la rodilla contra
la pared, reclamó con su mano en el aire que aumentara el volumen de la cortina
y la luz roja del estudio se apagó.
Al día
siguiente, a eso de las cuatro de la tarde, Morabito recibió un llamado
telefónico. Estaba completando unas palabras cruzadas y debió interrumpir para
ir a atender.
-El
señor William Hammond desea hablarle -le dijo una voz femenina. Morabito no
dijo nada, el bolígrafo aún en la mano.
-Mi
nombre es William Hammond. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? -escuchó pronto
una voz con marcado acento inglés.
-Morabito,
Ezequiel.
-Le
estoy hablando desde Aricana, señor Morabito, mucho gusto.
-Ah...
¿Cómo le va?
-Muy
bien. Mire, iré al grano, los americanos somos hombres prácticos. Yo soy el
director de Aricana y escuché anoche sus declaraciones por la radio...
-Ah...
-Morabito se puso derecho en la silla, enfrentado al aparato telefónico, volvió
a fruncir el ceño y mordió la punta de bolígrafo.
-Más
que sus declaraciones -siguió la voz con acento inglés-... sus exigencias. Y le
soy sincero, pese al predicamento que tienen Aricana en Rosario no está en mis
manos tomar decisión alguna con respecto a lo que usted pretende.
-No soy
yo, señor Hammond. El Movimiento.
-De
acuerdo, el Movimiento. Pero créame que estoy haciendo todo lo posible por
contactarme con Edward Klockenbrink, embajador de los Estados Unidos en la
Argentina, para ponerlo al tanto del problema. Le ruego tenga un poco de
paciencia.
Morabito
cortó tras un saludo breve. Se quedó mirando la pared de la cocina. Nunca
hubiera imaginado años atrás que el MBT alcanzara tanta repercusión, cuando él
mismo había creado la agrupación vecinal movilizado por la necesidad de
gestionar la instalación de las cloacas.
Luego los mismos vecinos habían propuesto mantener una comisión estable para
exigir el fin del gas envasado y, por último, varios tomaron la costumbre de
reunirse en el garaje de Pérez para debatir sobre cine y jugar a los naipes,
nunca por plata. La cosa adquirió un perfil político el día en que comentaron
la película soviética Moscú no cree en lágrimas.
El
martes 26 de noviembre, dos días después del primer llamado, quien telefoneó a
casa de Morabito fue el embajador norteamericano en la Argentina, Edward
Klockenbrink. Había un atisbo de enojo en sus palabras.
-Su
reclamo es por cierto desmesurado, señor Morabito -dijo, tras los saludos de
rigor.
-En
absoluto, señor Klockenbrink -Morabito optó por no amilanarse-. No sé si usted
tiene bien presente lo que dije...
-Por
supuesto que lo tengo presente. En realidad, el señor Hammond, de Aricana, se
me adelantó, pero mi gente ya había grabado ese programa y es más, la grabación
ya ha sido remitida a Washington.
-Se
habrá percatado usted, entonces, de que mi reclamo no tiene nada de exagerado.
Se
escuchó como un bufido desde el otro extremo de la línea.
-Imaginará
usted -Klockenbrink trataba de controlarse- que no soy yo quien tiene que tomar
este tipo de decisiones. De esto deberá ocuparse el general Ashcroft. Pero
desde ya le digo que lo veo muy difícil, muy difícil. Hay miles y miles de
nuestros muchachos en Afganistán.
-Nadie
los llamó, señor Klockenbrink. Mi exigencia sigue en pie.
-Ni
siquiera una superpotencia como la nuestra puede retirar tantas tropas en tan
poco tiempo, señor Morabito. Sin duda usted desconoce la logística militar.
-Ni
quiero conocerla, señor. ¡Si dije ya, es ya!
Morabito
le colgó. Lógicamente alterado fue hasta la heladera, sacó el agua fría y bebió
un poco. Luego tomó un papelito sujeto por un imán con forma de rana sobre la
puerta de la heladera donde había un número anotado. Llamó a la rotisería La
Juliana y habló con el dueño, secretario primero del MBT, para imponerlo de los
acontecimientos.
Lucho,
así le decían al secretario, se mostró interesado, pero se disculpó
argumentando que tenía muchos pedidos pendientes y no podía atenderlo. Morabito
comprendió que no podría contar con él. Llamó entonces a Robiolo, el dueño de
la bicicletería El Rayo, el otro integrante del Movimiento, pero Robiolo se
había ido a una procesión por la Virgen de San Nicolás. Morabito se mordió una
uña y se quedó pensando. Se sentía un tanto solo. Y no descartó que el Imperio
hubiera iniciado su contraataque, desalentando con amenazas o sobornos a sus
laderos más fieles.
Dos
días más tarde, el 28 de noviembre, cuando ya pensaba que la cosa se había
diluido, recibió un llamado desde Washington. Lo intuyó cuando al levantar el
auricular, escuchó con claridad el "pip" que precedía a las llamadas
de larga distancia.
Una voz
femenina le dijo algo en inglés, inquietándolo. Eran muy escasos los
conocimientos de ese idioma que tenía Morabito. Algo había retenido de la
escuela, pero no lo suficiente para mantener una conversación compleja en torno
al conflicto de Afganistán. Por suerte la voz femenina, sin aguardar contestación,
lo puso al habla con el general Ashcroft.
-Morabito...
-fue al grano el hombre de armas-, soy Ashcroft.
-¿Cómo
le va, General? -se agitó un poco Morabito, conmocionado.
-Su
petición es impracticable en un plazo corto.
-Habla
usted muy bien el castellano... -Morabito procuró cambiar el ángulo de la
charla. Y no solo para ganar tiempo. Le fastidiaba esa forma tan directa de los
anglosajones-. ¿Lo estudió en algún lado?
-Estuve en Nicaragua, El Salvador, Bolivia. Y ahora le digo que lo de Afganistán,
así como usted lo plantea, no puede ser. Habría que charlarlo. Son miles
de hombres, con vehículos blindados y helicópteros.
-Así
como los pusieron allí pueden sacarlos, General.
-Lo
llamo mañana. Sáqueme de una duda... ¿Usted fue el que en l969 le arrojó una
bomba de alquitrán al frente de Aricana, allí en Rosario?
Morabito
hizo silencio, jugando con el cable del teléfono.
-No
puedo contestarle esa pregunta, General.
-Así me
lo informó la CIA.
Morabito
aspiró hondo, tratando de calmarse. Lo estaban investigando. Cortó sin
despedirse. Hubiera sido ingenuo suponer que esa conversación no estaba siendo
grabada.
Nunca había arrojado una bomba de alquitrán contra el frente de Aricana. Pero
no sabía si era conveniente declararlo. Tal vez era mejor si ellos
pensaban que estaban frente a un hombre dispuesto a todo.
La
noche del 14 de enero de 2002, Ezequiel Morabito tomó un vuelo de línea con
rumbo a Washington en la clase turista de American Airlines. El pasaje se lo
había entregado en sus propias manos uno de los porteros de Aricana en el bar
La Buena Medida, de Rioja y Buenos Aires.
Mientras
comía con apetito un trozo algo insulso de pollo con hebras de apio, calculó
los peligros. Quizás todo era una trampa y volaba derecho hacia una emboscada.
El capitán Adrian Calder, asistente personal de Ashcroft, le había dado el
lugar, el día y la hora de su cita con el General. También le había solicitado
absoluta reserva sobre el viaje, advirtiéndole que cualquier nueva declaración
suya en la radio, especialmente en Consultando
con la almohada, echaría por tierra las negociaciones. Morabito, salvo su
tía Adela, no tenía a quién informar nada de nada, y solo pidió al quiosco de
la plaza Alberdi que por una semana no le llevaran el diario. Si algo pasaba
-explosión del avión, accidente en una highway, envenenamiento en el hotel
Potomac Paradise de Washington- casi nadie, salvo Adela, que era sorda, lo
echaría en falta.
Tras
cuatro días encerrado en la habitación 453 del hotel Potomac, hojeando diarios
americanos que no entendía, buscando en el televisor los canales latinos y
agotando el stock de maníes salados de la heladerita a su disposición, Morabito
tuvo la clara sensación de que estaba siendo objeto de una broma pesada.
Al
quinto día fue a buscarlo un helicóptero Chinook. Primero todas las ventanas
vibraron como si se estuviesen desatando un terremoto, luego se oyó un ruido
atronador mientras las palmeras enanas se sacudían enloquecidas y, por último,
el Chinook aterrizó en el jardín trasero del hotel. Cuatro hombres de negro y
un marine con traje camuflado tomaron sin violencia pero con firmeza a Morabito
de los brazos y lo condujeron al helicóptero, que ni siquiera apagó del todo
sus turbinas.
-Tenemos
este asunto de Kosovo, tenemos la intervención en Colombia, tenemos lo de
Kuwait, que nos vuelve locos... -el general Ashcroft transitaba la enorme
oficina a grandes zancadas, mientras enumeraba las tareas a realizar-. ¿Cómo
pretende usted que retiremos esas tropas inmediatamente?
Morabito,
hundido en un sillón profundísimo, optó por el silencio.
-34.527
marines tenemos allí, Morabito. 34.527. Acabo de recibir las cifras
definitivas. Desde que usted empezó con lo suyo estamos contando... Eso no se
saca de allí en un Hércules, créame...
Morabito no dijo nada.
-Tal
vez usted reclamó lo que reclamó en un tono tan perentorio -señaló Ashcroft-
porque se creyó aquello de que toda la operación militar la habían montado los
mujaidines, y que nosotros solo teníamos instructores allí. Pero no es así.
Tenemos más de 30.000 soldados. Es inútil ocultarlo. Después de Vietnam ya no
nos cree nadie lo de los instructores.
Morabito
siguió sin pronunciarse. Solo inflaba y desinflaba los mofletes, como un
pescado. Un ordenanza se asomó por la inmensa puerta blanca.
-Perdón,
General... -dijo-, el Presidente.
El
General cesó sus caminatas y miró el teléfono.
-Lo
mantendré informado, Morabito. Le aseguro que estamos estudiando lo suyo.
Daba
por terminada la reunión. Morabito juzgó oportuno decir algo. Fijar su
posición.
-Todo
esto me parecen torpes maniobras dilatorias, General -dijo-. Me han tenido días
interminables viendo televisión ahí metido en ese hotel de cuarta. Y ahora
usted me pide una nueva espera.
-Me
ocuparé de lo suyo, Ezequiel. Le aseguro que nos ocuparemos. Estamos en eso.
-No es
lo mío. Le repito que no es lo mío. Es del Movimiento.
No es
cierto que Morabito se haya reunido con el presidente George W. Bush. Hay
varias versiones que así lo afirman y hasta muestran fotos de ambos, dándose la
mano, claramente trucadas. Pero lo cierto es que el jueves 12 de febrero,
Morabito fue atendido, en el Salón Oval, por Isabel N. Parker, edecán privada
de Bush.
-Señor
Morabito -susurró la Parker, una atractiva mujer de unos 55 años-, le pido que
nos dé algo más de tiempo para el retiro de nuestras tropas de Afganistán.
Morabito
endureció sus mandíbulas. Ya le había caído mal que le mandaran a una mujer a
hablar con él. Una mujer ante quien, por elemental respeto, no podía sostener
demasiado su particular intransigencia.
-Señora
Parker... -dijo al fin-, nuestra paciencia tiene un límite. Ya me parece
descomedido que no me reciba el Presidente como me habían prometido.
-Le
ruego que no lo difunda, pero tuvo que visitar al médico por una obstrucción
intestinal. Usted sabe que sufre ese tipo de problemas.
-Lo sé
-mintió Morabito.
-Seis
meses -dijo entonces la Parker, en otro susurro-. En seis meses no queda un
solo soldado americano en Afganistán.
-Es una
burla. Es muchísimo tiempo.
-Es
todo lo que podemos ofrecerle -la Parker miraba a Morabito como para
perforarlo, y este comprendió que tal vez había tirado demasiado de la cuerda.
-Tres.
Tres meses -probó Morabito.
-Cinco.
Es lo máximo que puedo ofrecerle -ella se mostraba como una hábil negociadora.
-¿Qué
seguridad tengo de que ustedes cumplirán este acuerdo?
-Mi
palabra.
Allí
aparecía, flagrante, la razón por la que habían enviado a una mujer a negociar.
Morabito no podía desconfiar de la palabra de la Parker sin ofenderla en su
condición femenina, aun conociendo la histórica tendencia de la diplomacia
yanki a la patraña y a la mentira.
-Ustedes
nunca han cumplido sus compromisos -masculló Morabito-. Traicionaron a sus
propios indígenas. ¿Cómo murió, acaso, Caballo Loco?
-Mi
palabra, señor Morabito. Nada más.
-Habrá
algo firmado, me imagino.
La
Parker negó morosamente con la cabeza, haciendo balancear su cabello ondulado,
como en un aviso comercial de champú.
-Si
usted revela públicamente algo de esta reunión -dijo luego-, la Casa Blanca
negará todo, hasta su propia existencia si es preciso.
-¿Debo
tomar esto como una amenaza? -se alarmó Morabito.
-Para
nada -la Parker se puso de pie-, pero quédese tranquilo. Nuestra misma gente
nos reclama que regresemos a los chicos. Hay muchos padres pendientes de eso.
Morabito
también se puso de pie.
-Cinco
meses. Ni un día más. Ni un día.
Después
se fue. Un auto negro lo condujo directamente al aeropuerto Ronald Reagan.
Llevaba entre sus manos una foto enmarcada y autografiada por el presidente
Bush. "To Ezequiel", decía. Morabito valoró el gesto. No cualquiera
se hacía tiempo para congraciarse con alguien teniendo una obstrucción
intestinal. Le habían dado, también, una edición resumida de la Constitución
norteamericana y una réplica pequeña, en plástico, del portaaviones atómico USS
Enterprise, a la que se le despegó una torre aun antes de que Morabito subiera
al avión que lo conduciría de regreso.
Como es
bien sabido, las tropas americanas no abandonaron Afganistán ni en tres meses,
ni en tres años, y se supone que miles de soldados yankis continúan allí.
Ezequiel
Morabito estuvo tentado a reiterar sus reclamos a través de la radio, pero Abel
Moyano -el conductor nocturno de Consultando con la almohada- se negó a
recibirlo, con evasivas y aduciendo que pretendía ahora un espacio con más
música y menos intervención de los ganadores de entradas.
Morabito
hasta vio al poco tiempo cómo el MBT se disolvía, ante la imposibilidad de
seguir sesionando en el garaje de Santiago Pérez, cuando este lo reclamó para
poner una
verdulería.
A muy
poca gente contó Morabito sus tratativas con las autoridades yankis y su corto
paso por la Casa Blanca. Quizás le hirió saberse engañado por la diplomacia
americana, una vez más, sumándose a la larga lista de estafados, burlados y
defraudados. Quizás, como lo supone su tía Adela -quien estuvo conversando con
él sobre el tema en un par de ocasiones-, Morabito sabe que no tuvo la firmeza,
la dureza o la entereza necesarias en la reunión final con la edecán del
Presidente. Y la constancia de su propia debilidad lo deprime.
-No les
importan absolutamente nada los reclamos de la gente -le comentó a alguien hace
poco como amargura y refiriéndose, sin duda, a los ocupantes de la Casa
Blanca-. Nada de nada.
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